Observando como mis pensamientos se desparramaban, algunos lograban girar en mi mente e inventar pequeñas historias que al pasar se derretían en mi mente. En esos espacios entre pensar y quietud, una voz en maravillosa calma, permeando todo a su paso de paz, me recuerda la grandeza que compartimos al estar en perfecta unidad. Mostrando esas máscaras que el ego utiliza para intentar mantener todo a «salvo» de peligros inexistentes, pretendiendo que el miedo invada esa perfección infinita. Y su luz amorosamente divina baña esos instantes de duda para llenarlo de confianza, amor y hacerme brillar.
Con esa vibración en perfecta armonía puedo reconocer que a través de no ser yo, creyendo que aquellos instantes de «placer» en los que la grandiosidad se colaba en mi experiencia, la grandeza se ha encargado de honrar todo y mostrarme esos caminos verdaderos de amor infinito. Y de igual modo en esos instantes repentinos de pequeñez donde permití que todo se sacudiera para que mis ojos se abrieran grandes y experimentara esa grandeza inmersa en todo lo que es.
Esa amorosa conexión hoy me lleva de la mano a reconocerme tal cual soy, a mirar sus atributos en mi y abrazarlos con certeza en su Divina perfección.





