Creía que tenía las alas rotas, que cuando el corazón se rompía se perdían las fuerzas, las ganas, los sueños y las metas. Creía que el mundo se venía encima, aplastaba y no dejaba respirar.
Entre los escombros, con lágrimas en los ojos, empezaba a buscarme, pero sólo encontraba alguien que no era yo, hasta que pude observar que ese no era el lugar para encontrarme.
Todo pesaba, la energía se drenaba. Y es que había cedido mi poder personal, había entregado el mando de mi vida y mi persona a alguien más, me sentía incompleta, y no precisamente porque alguien ya no estaba, sino que había permitido se llevaran una parte de mi.
Pero ahora, cómo le hacía, cómo me recuperaba, cómo traía de regreso mi poder personal y mi energía.
Y si, era tan fácil como reconocerlo, tan grande como empezar a amarme, tan fuerte como elegir que mi energía es mía, tan poderoso como aceptar que es mi responsabilidad y solamente depende de mi.
Es un trabajo diario, de observación, de agradecimiento, de honrarme y honrar mi camino, de reconocerme y apapacharme. De perdonar, perdonarme y sanar. De estar aquí y ahora, de quietud, de amor infinito y compasión. Un estado de alegría permanente, de compartir, aprender y elegir.