Hace casi 5 años, exactamente en 2014 escribí estas líneas que les quiero compartir. Después de momentos de sombra tan perfectos que me llevaron a tomar responsabilidad de mi vida y me tomaron de la mano para reconocer que la luz está ahí, lista y dispuesta, siempre dentro de mi.

 

No hay ladrones ni culpables, ni fantasmas en el armario intentando robar la tranquilidad de un día soleado.

Es fácil aceptar nuestra luz y nuestra sombra si logramos identificarlos. Y es más fácil decirlo que aceptarlo.

Un día de esos en que deseas la tranquilidad llegue a tus venas, justo ese día en que las lágrimas ya no tenían motivo y la mirada podía fijarse en lo más alto, comprendí. Encontré la lección que con desesperación buscaba. Descubrí que la respuesta siempre estuvo al alcance de mis manos y que el dolor intentaba hacerme perder la cordura, esas ansias tan absurdas de evadir las realidades estaban a punto de hacer mi corazón estallar en mil pedazos.

Era la única autora intelectual de causas y efectos que no quería asimilar, la responsable de sonrisas y tristezas a veces ocultas en mi rostro, pretendiendo pasar desapercibidas.

El camino fácil siempre presente, adjudicar culpas y negar realidades. Buscar nombres y apellidos para negar que sólo yo podía quitar las mascaras de mi rostro y tirarlas a la basura para poder ser yo. Para aceptarme y aceptar mi luz y mi sombra, para abrir los ojos y entender que mi ser no depende de nadie, que elegir es el regalo más grande que la vida me dio y que nadie en absoluto consciente o inconscientemente tiene el control remoto de mi camino. Que el miedo se burla a carcajadas cuando entramos en su juego tan egoísta y no nos permitimos buscar en lo más profundo del alma el valor para dar esos pasos tan firmes que solo notros sabemos dar.

Aprendí que no hay brujas, ni mercenarios intentando sabotear mi existir, solamente aprendices intentando vivir…