He manifestado maravillosamente en mi experiencia, pero así como he elegido que mi aprendizaje a través de esas manifestaciones sea amoroso, en otras ocasiones no fue del todo así.
Permití que protagonizará el sufrimiento, la ansiedad, la depresión o el miedo. Me permití hacerme pequeña y ceder mi poder personal en otras tantas. Repetí historias en muchas más. Me permití permanecer enojada y externarlo por medio de reacción tras reacción.

¿Y que fue lo que cambió?

Un día escuché a mi alma, la escuchaba un tanto lejos, aunque en algún momento de mi vida hubo una conexión muy estrecha y todo lo que me decía era totalmente claro, pero justo en ese instante no lograba descifrar ese susurro, estaba desconectada. Hasta que todo eso que sentía, como me percibía y las situaciones que elegía no resonaban conmigo, sentía que no era yo, que iba nadando contra corriente y con mayor frecuencia ese vacío inundaba todo mi ser.
Entonces me eché un clavado a mi interior, entre otras cuántas herramientas y conocimiento, llegó a mi la meditación, cabe mencionar, que en algún momento de mi experiencia estuvo presente por una ocasión y fue maravilloso, pero lo recordé hasta ese momento.
Meditar expandió mi ser, me conectó de nuevo conmigo, me ayudó a recordar y reconocer, a observar y sanar. A encontrar respuestas y responder preguntas nuevas también, a soltar y perdonar. A conectarme nuevamente con mi alma, con mi Yo Superior y mi Divinidad. A honrarme, honrar mi camino, el de los demás y agradecer infinitamente la perfección en todo lo que es. Me llevó a amarme incondicionalmente y a través de ese amor compartirme tal cual soy y compartir contigo las herramientas que llegaron y el conocimiento para así aprender juntos y juntos sanar también.